{AHORA, PREFERIMOS TENER HIJAS QUE HIJOS}
Hace unos meses, The Economist publicó un artículo con un titular que llamó la atención de muchos: “El sorprendente descenso de la preferencia por tener niños varones” o, como yo lo traduciría, “Por primera vez, los padres y las madres prefieren tener hijas que hijos”.
A través del tiempo y en casi todas las culturas, los chicos (hombres) han sido los predilectos. Desde las monarquías hasta las religiones han tenido una preferencia muy marcada hacia los hijos hombres por encima de las hijas, especialmente si estos bebés son los primogénitos. Esta preferencia incluso ha resultado en leyes coercitivas en ciertos países.
Detrás de esta antigua preferencia existen muchas causas y variables, como argumentos acerca de la supuesta “mayor inteligencia”, “mayor fuerza” o “mayor capacidad” de los varones. Por supuesto, son argumentos equivocados que la misma ciencia se ha encargado de desmentir. Conforme han transcurrido los años, se ha evidenciado incluso lo contrario: las mujeres somos capaces de hacer las mismas cosas que los hombres—y, en muchas ocasiones, mejor.
Foto: Rocío Chacón
Al habernos dado cuenta de que las niñas son igual de capaces que los niños, ya no hay mucha razón para preferir a un hijo por encima de una hija. Una mujer es igual de capaz de dirigir la empresa familiar, ser una profesional exitosa en cualquier ámbito o triunfar como una atleta de alto rendimiento. Como resultado, nos van quedando pocos argumentos para alabar un sexo más que el otro. Uno de ellos es la conducta de los chicos—y la comodidad de sus padres, cuidadores primarios o sociedad ante esa conducta.
Aunque es cierto que las mujeres somos igual de capaces que los hombres, los hombres y las mujeres son distintos. No hablo de una diferencia que tenga que ver con “mejor calidad de humano”, sino simplemente de habilidades generales determinadas y limitadas por diseño biológico que vienen a complementarse y a sumar a la sociedad. Partiendo de aquí, y cualquiera que haya trabajado en el sistema educativo infantil lo puede aseverar (me lo escribieron también hace unos días en un video que subí en TikTok), es conocimiento común que las niñas suelen ser “mejor portadas” que los chicos. Ese “mejor portadas” responde a un estándar que hemos puesto como sociedad por encima de los chicos y chicas: es “mejor” el niño que no hace ruido, que trabaja en silencio, que no molesta, y que está quieto.
En este sentido, la creciente preferencia por tener hijas sobre hijos debería ser una buena noticia, pero no lo es del todo, porque nuevamente es una preferencia basada en lo que es cómodo para el adulto—en lo que le gusta al adulto y no en la dignidad del bebé. Claro, es válido tener una preferencia o deseo real, algo como Siempre he soñado con tener una hija. Privarnos de nuestros deseos es privarnos de nuestra humanidad. Sin embargo, el movimiento interno “ideal” debería ser, Me gustaría tener una hija (o un hijo), pero voy a enfocar mi energía en prepararme mejor para lo que sea que tenga, ya sea niño o niña. ¿Cuánto ganaríamos si en vez de enfocarnos en “cómo viene” el bebé, nos enfocáramos en cómo podemos prepararnos para ser mejores padres para ese bebé?
Porque sí, aunque sabemos que hay niñas extrovertidas y bulliciosas y niños artísticos y callados, la realidad es que en general los chicos varones tienden a ser más ruidosos, desordenados, físicos y activos, y las niñas tienden a seguir instrucciones mejor y poseer una mayor capacidad de atención sostenida. Lo digo también desde la perspectiva de una mamá de tres hijos hombres.
Tomando esto en cuenta, la preferencia actual del adulto ya no surge de la pregunta ¿Quién me es más útil? sino de ¿Quién me molesta menos? o, peor aún, ¿Quién puede acompañarme mejor en mi vejez?
Es por esta razón que las niñas, en su vida escolar, suelen tener una ventaja significativa por encima de los niños. Y es por esa misma razón que los centros escolares se beneficiarían más de tener profesores y maestros hombres que podrían empatizar mejor con la experiencia de ser un chico en un salón de clases. Aunque en general no soy partidaria de la educación diferenciada, este es uno de los argumentos que considero a su favor.
Podemos seguir la misma línea de reflexión cuando decimos, como madres, Yo quiero tener una hija porque quiero hacer cosas de chicas con ella. En primer lugar, no hay garantía de que a nuestra hija le gusten las cosas de chicas por ser chica. En segundo lugar, nuevamente estamos pensando primero en el adulto y luego en el niño.
Esta es una conversación difícil también porque, en mi opinión, el simple hecho de querer tener hijos es un acto egoísta. Es decir, nadie tiene hijos simplemente porque quiere aportar algo a la humanidad. Todos tenemos hijos porque queremos ser padres, y queremos experimentar la paternidad, punto. En países como el nuestro, muchos adultos quieren tener hijos porque necesitan ayuda en la casa o en el trabajo. Sin embargo, y este puede ser un debate filosófico interesante, está bien que elijamos ser padres desde ese egoísmo, pero ¿hasta dónde llegaríamos con él? ¿Hasta elegir el sexo de nuestro bebé como si fuera un sabor de helado?
Sumado a esto, aunque concluyéramos que definitivamente es mejor tener hijas que hijos, ¿estamos seguros de que mantendremos esa preferencia cuando llegue su pubertad y adolescencia? Al empezar la adolescencia (e incluso la pre-pubertad), las chicas nos comienzan a parecer complicadas, y a esa edad comenzamos a favorecer a los chicos de muchas maneras. Yendo un poco más allá, esta percepción continúa en la adultez: la mujer se considera complicada, controladora y emocional.
Si vamos a preferir a las chicas, que sea una preferencia sostenida en el tiempo, que las acompañe a lo largo de su adultez y que promueva el apoyo y comprensión que tanto necesitan durante su vida laboral, el embarazo, el post-parto, la perimenopausia, la menopausia y más allá.
Para finalizar, más allá de la primera alegría que podemos sentir (porque sí, la sentí) al enterarnos de que ya no hay una predilección hacia los bebés hombres como producto de una sociedad machista, es necesario pensar que estos se encuentran en una desventaja real. Los hombres tienen socialmente menos espacio para expresar sus emociones, han demostrado científicamente tener menos tolerancia y resiliencia frente al estrés y enfrentan más críticas al expresar una amplia gama de gustos (esto ha mejorado para las mujeres: se acepta más a una mujer que juega fútbol que a un hombre que hace ballet).
Lo que realmente sería constructivo para nuestra sociedad es darnos cuenta de que, así como queremos mujeres empoderadas (que pueden hacer todo lo que un hombre puede hacer), necesitamos hombres seguros de sí mismos, enteros, completos, a los que también se les permita en su infancia ser quienes son bajo su propio estándar. Así podemos evitar una nueva generación de hombres embotellados dentro de ellos mismos, y que muchas de estas mujeres predilectas y deseadas por sus padres terminen con un hombre emocionalmente reprimido y lleno de frustración en casa.
No podemos elegir el sexo (por lo menos no aún como una práctica rutinaria), pero sí reflexionar acerca del deseo.